Otro manuscrito clarificador

OTRO MANUSCRITO CLARIFICADOR. Cuando yo todavía iba en pantalones cortos (o casi)  y asistía al Liceo Clásico en Gorizia, recuerdo que el papel con membrete en la tienda paterna rezaba: Raimundo Gorian hijo de Francisco, floricultor – Casa fundada en 1860. En marzo de 1930 mi padre Raimundo nos dejó para siempre y grave fue el trastorno que se produjo en el vivero, dejando todo el peso de la hacienda sobre los hombros de mi madre: años 30s, crisis global, poco trabajo, miseria, pero a pesar de todo había que seguir hacia  adelante. Todos los familiares se afanaron encontrar una escuela en Italia que me pudiera  dar una base científica para la continuación del “comercio” con seriedad y capacidad. Mi hermana mayor, que estudiaba Derecho en “Le Cascine”  en Florencia informó de que había una escuela especializada en horticultura y  jardinería que a lo mejor podía ser lo que yo necesitaba para continuar el negocio. ¿Pero y el dinero?  Dentro había un internado para los no residentes en Florencia, pero aquella colegiatura era imposible para nuestras finanzas. El municipio de Gorizia, la Caja de Ahorros y el Instituto de Crédito Inmobiliario para las Venecias  prometieron pagar tal renta siempre que obtuviera la máxima puntuación durante el trienio que duraba el curso entero. Parecía como en un cuento de hadas… pero así fue. Asistían a estos cursos, casi en su totalidad hijos o parientes cercanos  de floricultores o viveristas. Menciono brevemente algunos nombres: Breviglieri de San Benedetto Po;  Bianchi  Cesarini de Como; los ligures Natta,  Accame,  Borrelli, Massa;  Duilio Cosma de Trieste; Bonfiglioli de Bolonia;  Ortelli, Marinelli, Fibbi, Spalletti,  Baronti, etc., de la Toscana. Pietro Porcinai fue mi superior en la sección “Jardines” desde 1930 hasta1933. Siempre ha valorado, apreciado y ayudado cuando me encontré con problemas en las  circunstancias  tristes de la última guerra. Hace casi sesenta años, él y yo estábamos peleando la misma batalla. Frente a una literatura italiana paisajística prácticamente inexistente en los años 30,  con una enseñanza superior igual a CERO, tuvimos que estudiar a fondo los idiomas inglés y alemán para explotar la abundante bibliografía Inglesa, americana, alemana y suizo-alemana. Recuerdo que al final de cada año escolar P. Porcinai montaba en su Triumph 350, al hombro la Rolleiflex, y se iba para el centro de Europa. Le pregunté por qué se iba siempre allí.  “¿Y dónde quieres que vaya, si no?”   Recuerda que los países anglosajones son los que nos enseñan, en la actualidad.  “Ante mi objeción: “pero, cómo:   nosotros los latinos, con nuestros jardines franceses o italianos… Él respondió: Olvídalo…  nosotros fuimos geniales”,  y suspiraba… En esa época era famoso  en Europa trío Karl Foerster, Hermann Mattern y Gerda Gollwitzer de  la Universidad politécnica de Berlín (1926), como no podía ser de otra manera. Hemos aprendido mucho también del padre de las autopistas alemanas  Alwin Seifert cuando exigía que todas las estructuras en cemento armado, fueran recubiertas con piedra natural del lugar   y/o  plantas de la flora local. Y nosotros (1993), todavía estamos ahí, mirando las estrellas… Desde el otoño de 1933 al otoño de 1935 yo enseñaba en las escuelas de formación profesional agrícola.  Mientras tanto había mejorado la situación económica de la empresa paterna y yo pude hacer algunos trabajos con mayor facilidad. A continuación, fui reclutado para el ejército. Después del paréntesis de la guerra volví a Florencia, y, como sucede entre viejos amigos, P.Porcinai  había pensado en mi colaboración dentro de la empresa “The Garden”, en la Piazza del Carmine. Pero Italia se me quedaba pequeña.  En un determinado momento, y a través de personas conocidas (1948), obtuve un contrato de trabajo como asesor en la Dirección Paseos de Públicos de Montevideo (Uruguay). En 1949 creé en ese país una empresa de construcción, la transformación y el mantenimiento de parques y jardines con vivero contiguo de plantas herbáceas perennes y arbustos de flora subtropical,  y renuncié al cargo público. En este punto, necesito aclarar: yo que creía ser un tigre en la botánica, me encontré a mí mismo como un ignorante cualquiera. Por el contrario el Dr. Atilio Lombardo, reconocido autor de numerosos textos sobre la flora autóctona, me preguntaba los nombres científicos de las plantas  comunes para nosotros en el norte de Italia,  pero poco conocidas en Uruguay, como Cotinus Rhus o Ligustrum Sinense.  Advertencia a los llamados expertos en nuestra casa:   no saquen pecho creyendo que ya saben todo, pero ser pacientes, y pedalear con los ojos bien abiertos. En 1958, a través de un arquitecto de Montevideo, un amigo de Burle Marx, volé a Río de Janeiro y fui huésped en su finca (chacra) de San Antonio, con su famoso umbráculo  de plantas tropicales, así como en su espléndido estudio de Ipanema. No he tenido problemas para conocer través de él, al arquitecto Lucio Costa (uno de los diseñadores de Brasilia),  a Rino Levi y Serge Bernard. Todos  eran  piezas de artillería de 90,  que incluso hoy no puedo evitar comparar la extrema democracia de América del Sur con la arrogancia de uno pocos   italianos que ni siquiera te atienden al teléfono… En Montevideo, en la década 50-60 vivía cerca de mi casa en la zona residencial de Carrasco, el conocido pintor Lino Dinetto. Éste, discípulo de Bernard Berenson y Enzo Carli,  cuando aún no había cumplido los veinte años, pintó el enorme lienzo con la “Última Cena” en  el   monasterio de Monte Oliveto Maggiore (Siena). Los dos juntos, hemos realizado desde entonces muchos encargos,  que mi forma de pensar sobre la asociación y la combinación de plantas, en la luz y la oscuridad, el vacío y el lleno, la “pausa” en la composición de las masas verdes,  en la estática y la dinámica de las plantas (árboles), desde entonces, repito, ha cambiado de absolutamente, de lado a lado.

Uruguay

tratto da “I Giardini di Ferrante Gorian”

Era 1948 cuando Gorian, en ese momento residente en la Toscana, tuvo la oportunidad de conocer a dos jóvenes damas uruguayas, a las que  preguntó si había alguna posibilidad de trabajar en su país. Este pequeño estado, situado  en la desembocadura del Río de la Plata, en aquellos años estaba en pleno apogeo y era  denominado “la Suiza de América del Sur”. Entonces Italia todavía no se había recuperado de los destrozos de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, no se podía entrar en esta república sudamericana si no se tenía un trabajo y una casa. Con la ayuda de las dos jóvenes conocidas en Florencia, Gorian viaja al Uruguay y se instala entonces en la zona de Carrasco, trayendo con él, desde Italia, algunas semillas. Fue contratado como Director de Espacios Verdes en la “Dirección de Paseos Públicos”, de la ciudad de Montevideo, donde trabajó desde 1948 hasta 1950. En aquellos años un nuevo plan se implantó en Montevideo, que impuso una zona verde en el frente de las casas, no sólo en las zonas residenciales y en las suburbanas, sino también en zonas  residenciales y viviendas de nuevos  núcleos urbanos.

Por desgracia, hoy en día, por razones de seguridad, muchas zonas que tenían un espacio ajardinado en el frente de la casa, están bien valladas y cerradas a la vista desde el exterior, aunque todavía hay unos pocos metros de jardín en la fachada.

La zona de Carrasco fue desde el comienzo  la zona turística del siglo XX  para los habitantes ricos de Montevideo, y que para muchos de ellos se convirtió después en zona residencial final. De zona de  dunas de arena se convirtió en una especie de “sala de estar”, con amplias avenidas, calles y chalets. A esta zona acudieron muchas personas desde Europa y de  muchas nacionalidades (Ingleses, franceses, holandeses, italianos, etc.) y de todas las religiones. Uruguay ha sido y es un país donde la gente de diferentes razas y religiones, convive con el máximo respeto por los demás.
Es con esta gente con la que tuvo relación Gorian, gente diversa, pero sobre todo con una cultura  de mente abierta, culta y sensible a la pasión por lo verde, con la que el arquitecto se ha integrado perfectamente. Los clientes fueron muy numerosos y los encargos de diseños de espacios verdes abiertos o parques se vieron favorecidos por el hecho de que parte de la población era de origen inglés o norteamericano, muy entendida en cuestiones de jardinería.

A partir de 1950 comienza por su cuenta el compromiso con la construcción, reforma y mantenimiento de parques y jardines, así como también inicia  la actividad de un vivero. Sus proveedores son Lavie, Moebius, Canessa, Venditto, también varios viveros holandeses e italianos, de los que importaba bulbos y plantas. Siempre mantuvo abiertos los canales de comercio con la empresa francesa Vilmorin, una de las empresas más importantes en la industria mundial  de semillas.
Se estiman en más de ciento cuarenta los jardines que Gorian realizó,  no sólo en  Montevideo y la zona residencial de Carrasco, sino también en El Pinar, Punta Ballena, Piriápolis y Punta del Este.

Después de varios años, algunos jardines han desaparecido por completo, en parte debido a que las casas antiguas han sido reemplazadas por edificios elevados y antiguos, amplios jardines desmembrados, y árboles y arbustos reemplazados por razones obvias de edad que están muertos. Además, las propiedades han cambiado de mano dos o tres veces, y cada nuevo propietario quería personalizar su  jardín.

De los jardines por Gorian quedan principalmente  árboles de gran tamaño, que van desde el ombù, emblema del árbol del Uruguay, al fresno, al roble, la palma, la pitanga o el ficus benjamín. La palmera fue un árbol que Gorian utilizó mucho en Uruguay, hay huellas en casi todos los jardines visitados y que son de aquella época. Por el contrario, en Italia, sólo de pensar en las palmeras, al arquitecto  FG le daban  escalofríos, siendo el diseño lo más  importante para él, tuvo muy en cuenta  la flora del país en el que vivió y sus jardines son una realidad muy viva y rica,  amplia en vegetación.

©® Traducido al español por Alberto Gorian  (Valencia-España) – mayo 2013)

Revisado y corregido por Prof.Vicen Cerveró.

Notas biográficas

tratto da “I Giardini di Ferrante Gorian”

Ferrante Gorian nació en Gorizia (noreste de Italia) el 14 de abril 1913, un lunes. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, él y toda su familia fueron internados en campos de concentración de los austriacos. A continuación, pasó los primeros años de la infancia en situación de cautiverio debido al patriotismo de su padre, Raimondo, un agitador irreductible y bajo vigilancia especial.

Después de la guerra regresó a Gorizia, asistió a la escuela en su ciudad natal, donde se matriculó en la escuela secundaria, pero no pudo terminar sus estudios debido a la repentina muerte de su padre en 1930. De esa experiencia escolar goriziana, sacó Gorian,  sin embargo,   un tesoro, haciendo  pleno uso de lo aprendido en la lengua griega, para su uso en la etimología del nombre de las plantas, a menudo sorprendiendo a interlocutor de turno. Aunque a veces, irónicamente, bautizaba algunas plantas con el nombre genérico de “Officinalis Sessaminga”, si no recordaba su nombre… pero eran pocas veces que Gorian no reconocía una especie. En Gorizia pasó la infancia y la adolescencia felices, actuando como se comportan la mayoría de las personas cuando están en esa edad. A menudo se acordaba de sus zambullidas desde el puente sobre el río Isonzo, porque adquirió una otitis con perforación de tímpano. Segundo de cinco hermanos, él siempre tuvo muy buena relación con ellos, y que mantuvo durante toda su vida.

Gracias a esta etapa  fácil, aunque dolorosa, se trasladó a Florencia, donde su hermana Bruna, hija primogénita ya estaba estudiando, para asistir a la  Escuela de Agricultura, (antigua escuela de Fruticultura). Obtuvo un diploma en tiempo breve y con excelentes resultados, con profesores de gran prestigio, entre ellos Pietro Porcinai, sólo tres años mayor que él.

Como estudiante universitario se inscribió al GUF,  participó  en  la  campaña en el Cuerno de África, donde quedó admirado y  sorprendido por las plantas que allí crecían y que él conocía muy bien  porque su padre, agricultor, producía en invernaderos en Gorizia, donde, sin embargo, crecían atrofiadas.

Comenzó a finales de los años treinta el trabajo como diseñador de jardines, pero con el estallido de la Segunda Guerra Mundial se ve reclutado como oficial del “Cuerpo de Alpini”. Forma  parte del contingente italiano que invadió y ocupó Grenoble, (Francia).

También fue instructor de alpinismo y de esquí en el Cadore. Durante un ejercicio del Grupo Sella, mientras enseñaba a los alumnos  cómo  afrontar un paso rocoso, por la rotura de un mosquetón, perdió el agarre y cayó varios metros sufriendo algunas fracturas de costillas.  Esto, paradójicamente, le salvó la vida, porque pocos días después  su batallón fue llamado y enviado a Rusia, del cual pocos volvieron.

En 1942, en la boda de su mejor amigo, conoce a la  hermana de la novia con la que después de unos pocos meses, se casó en Udine el 11 de febrero de 1943, durante la guerra. Testigo de boda de Ferrante fue  un viejo conocido, que a menudo reencuentra  en su vida: Pietro Porcinai. Después de nueve meses exactos nace  su hijo primogénito, Alberto, que sólo pudo abrazar después de la guerra. De hecho, desde el 8 de septiembre, junto con sus compañeros de armas fue enviado a un campo de concentración en Alemania, donde, sin embargo, tuvo  una posición privilegiada, si se puede llamar así, porque sabía un poco de alemán, por lo que se empleó  como intérprete entre los guardianes de los campos y los camaradas italianos. Aprendió un mejor alemán durante su estancia en el campo. Regresó a Italia, en Liguria y fue enviado como oficial de enlace entre las tropas italianas y alemanas.

Después de la guerra pudo reunirse con su amada Tina y ver a su hijo Alberto. Se mudaron a Florencia, que Ferrante conocía muy bien,  y luego a Grassina, cerca de  Impruneta, donde comenzó la aventura de un vivero minorista. Dada la situación de extrema pobreza que prevalecía en ese momento en Italia, aceptó sin dudarlo la oferta  presentada por unas maduras señoras inglesas, que estaban de  visita en su vivero y vivían en Uruguay, de que probara suerte al otro lado del océano. La garantía para encontrar oportunidades de trabajo convenció a la joven familia Gorian de dejar Italia en 1948 y trasladarse al Uruguay.

Se trasladaron a América del Sur, con un largo viaje por mar, gracias a un préstamo a fondo perdido recibido de amigos que nada querían a cambio, sino sólo eterna gratitud. Encontraron  vivienda  en  la  zona  de  Carrasco, una  fracción (barrio)  de la capital, Montevideo

Allá Gorian inició la actividad de viverista  y diseño de jardines, asimismo se relacionó con importantes arquitectos brasileños, Burle Marx y Niemayer. También colaboró con Lino Dinetto, pintor veneciano que  tanta influencia tuvo en la parte creativa del arte de hacer jardines de Gorian. Él tenía un compromiso permanente con la “Dirección de Jardines y Paseos” de la ciudad de Montevideo, así como las actividades del vivero  y  la producción  de plantas ornamentales, además, como  profesional independiente, en el diseño de jardines y su aplicación. Se estiman en varios cientos los trabajos de campo llevados a cabo en América del Sur que, lamentablemente no hemos podido localizar ni describir.

A pesar de la distancia de Italia, colaboró ​​con la revista “Il Giardino Fiorito”, en la que publicó diversos artículos.

Es miembro de la Federación Internacional de Arquitectura del Paisaje (IFLA).

Obtiene en 1957 el título de Arquitecto Paisajista en el Instituto Holandés de Arquitectura en Apeldoorn (Holanda).

Permaneció en Uruguay hasta 1961, tras lo cual regresó a Italia con su familia, que aumentó con tres  hijos más (Georgina, Fiorenza y Fabio), se estableció en Treviso, donde ya vivía  su amigo Lino Dinetto. Regresaron en barco,  el viaje  duró 15 días. Permanentemente  conserva un recuerdo imborrable de los últimos trece años transcurridos en Uruguay y especialmente aprovechó lo aprendido  tanto por su experiencia de cultivador, como por  la amplia  riqueza de la flora.

Después de un vano intento para trabajar en colaboración con Pietro Porcinai, en Florencia, comenzó a colaborar con varios viveros locales del Véneto, incluyendo Cúrtolo y Van den Borre, ambos de Treviso, pero finalmente encontró un trabajo en la municipalidad de su ciudad natal, Gorizia, y gestión de proyectos en el vivero “al Tagliamento” de San Michele al Tagliamento (Venecia). Ambas colaboraciones se prolongaron hasta los años setenta, después de lo cual comenzó el negocio con viveros en Treviso, en particular, Van den Borre. A menudo, sin embargo, gestionaba para el mismo cliente en la mayoría de los viveros, dependiendo de la disponibilidad de las plantas que él tenía en mente.

Entre los años sesenta y setenta fue golpeado por  el luto familiar que, en poco tiempo, le priva de todos sus parientes más cercanos de Gorizia.

Durante los años setenta, ochenta y principios de los noventa, produjo  cientos de proyectos y ha creado cientos de jardines, en su mayoría de propiedad privada, situado en Véneto y Friuli – Venezia Giulia. También hizo obras en Piemonte, Lombardía y Suiza. Fue miembro fundador y activo de la AIAP (Asociación Italiana de Arquitectos Paisajistas), en la que ocupó puestos de responsabilidad durante muchos años.

Sus últimas obras son Ca Morelli en Biancade (TV), parcialmente realizados  y completados póstumamente;  el jardín de la industria del café Hausbrandt en Nervesa della Battaglia (TV), completado póstumamente, y el proyecto para la Villa Pasini en Asolo (TV) no realizada. Tuvo el encargo para un jardín comunitario en una urbanización en la ciudad de Treviso, a lo largo del río Sile, pero murió antes de que empezara el trabajo de diseño; la realización, sin embargo, fue llevada a cabo por su hijo Fabio.

Lo que es poco conocido es que hay una huella de Gorian también en la ciudad de Verona, cuando, a principios de los años noventa,  su hijo Fabio  lo llamó como consultor para la construcción del jardín de la “Dirección de Educación” de nueva construcción, en Viale Caduti del Lavoro,  barrio  Saval.

Gorian falleció el 9 de diciembre de 1995 en Treviso y descansa en el cementerio de la misma ciudad.

©® Traducido al español por (Alberto Gorian (Valencia-España) – mayo 2013

Revisado y corregido por Prof. Vicen Cerveró.

Metodo de trabajo

tratto da “I Giardini di Ferrante Gorian”

Desde la planificación:   Pág. 13.

Una cierta  agitación se había extendido en las oficinas de la fábrica de cafés “Goppion: un hombre, no identificado, fue visto en actitud sospechosa rondando por el inmenso jardín delantero. Se movía de una manera incomprensible, parecía más una abeja volando de flor en flor, que una persona con malas intenciones. Fue llamado urgentemente el gerente, que se alarmó, y acudió inmediatamente. Observó en la distancia desde detrás de sus gruesas gafas a este individuo. Súbitamente cambió su expresión  y empezó a reír; los empleados, al ver que el dueño se relajó, rápidamente hicieron lo mismo.- “¡Pero si es el arquitecto, el arquitecto Gorian! – ¡todo el mundo tranquilo, todos a sus puestos!”- Había ido ver a sus  criaturas…

Este era Ferrante Gorian. Una persona enamorada de su trabajo que nunca perdía la ocasión para actualizarse o para ver si sus “obras”  crecían como él había imaginado y planeado o había hecho algo mal. O si los trabajos de mantenimiento, realizados por terceros jardineros, estaban distorsionando su joya. Lo que no es poco común y contra lo que nuestro padre luchó denodadamente. En Italia no había muchas escuelas para la formación de los jardineros y muchos podadores improvisados ​​se ofrecían a la más variada clientela. Así le pasó de ver  árboles o arbustos que fueron vaciados por la parte inferior porque el jardinero no podía limpiar debajo de la copa de los mismos, o los podaban  todos por igual, dando una imagen en absoluto natural. Naturalidad por encima de todo: ése era el pensamiento dominante de Gorian en el diseño y creación de los jardines.

Pero como sucede a menudo, la idea de jardín que el cliente quiere es un compromiso entre sus ideas y las del diseñador. Pocos confían totalmente el proyecto a un profesional. A menudo,  la mentalidad del propietario es creerse un artista y encontrar a la persona que realice su idea de jardín, sin tener conocimientos de botánica, de los viveros, del suelo, del clima, etc. Nuestro padre a menudo convencía a los clientes, especialmente en el periodo de su plena madurez. Desde su experiencia, podía “llevar al cliente de la mano”, inculcarle sus  ideas, convencerlo en todas las decisiones a tomar. La fuerza de sus argumentos era tal, que pocos eran capaces de renunciar a  sus propuestas.

El arquitecto Gorian solía colaborar con los viveros, y  si alguien necesitaba un proyecto para un nuevo jardín o una reforma, los ponían en contacto.
A continuación, realizaba una inspección del área que va a ser diseñada. El resultado era casi siempre una serie de preguntas, para comprender las aspiraciones del cliente y sus necesidades. Se exploraban los límites de la propiedad, se procedía a una evaluación de las perspectivas desde diversos puntos de vista del jardín. Algunas premisas eran fundamentales al proyectar:   la creación de un espacio en el jardín que los aislara del entorno; integrar la vista y la vegetación exterior, con el fin de “incorporarlo” a la perspectiva de la propiedad, redondear los bordes, cubrir con plantas los artefactos estéticamente no compatibles con esta “filosofía”, tal como muros de obra, postes de hormigón, aparcamientos, zonas de almacenamiento de herramientas, etc. Y por encima de todo grandes espacios abiertos con césped, sin elementos artificiales, como senderos  o caminos que rompieran la homogeneidad del color verde. Nunca plantaba árboles delante de arbustos, las plantas más pequeñas en primer plano, en esta secuencia (mirando desde la casa hacia los límites de la propiedad): césped, plantas perennes, arbustos bajos, arbustos altos y árboles. Él prefería plantar árboles y arbustos de hoja caduca antes que las coníferas de hoja perenne, ya que crecen justo al contrario de lo que quieren las personas: espacio suficiente como para pasar por debajo. Además las coníferas en  invierno toman un color relativamente oscuro, casi tétrico, convirtiendo en todavía más sombrío el aspecto del jardín, mientras que un caducifolio permite que el sol penetre y “caliente e ilumine” el jardín y la casa. Para aquellos que le comentaban que la cobertura de arbustos “caducifolia”  era bastante escasa, que no era barrera natural suficiente, les respondía que en invierno uno no se ponía en una tumbona al sol o a celebrar un banquete.

Otro de los elementos característicos de los jardines de nuestro padre era plantar árboles con una silueta especial, natural,  no plantas verticales, estiradas, pero sí articuladas, polimórficas, formas inusuales, que conseguía recorriendo  los viveros,   principalmente del Véneto y la Toscana, al mismo tiempo memorizando y marcando, sabiendo que tarde o temprano le serían útiles para tal o cual obra.  A veces eran ejemplares majestuosos y por lo tanto costosos, tanto en términos de compra como en términos de transporte y  plantación, pero si la planta le parecía adecuada para el proyecto que estaba haciendo, no paraba hasta agotar las negociaciones y convencer al cliente que eligiera ese árbol.

No cabe duda de que el haber asistido, allá por los años treinta, a la Real Escuela de Agricultura,  (la Antigua Escuela de Fruticultura), (en Florencia), especializada en jardinería, horticultura y producción de frutos, que había tenido algunos maestros brillantes y famosos, por encima de todos ellos estaba Pietro  Porcinai, y asimismo  haber trabajado en su estudio, ha influido mucho en el estilo de los jardines de nuestro padre. También es cierto, sin embargo, que se separa de él tanto profesionalmente como personalmente, con relativa rapidez, aunque en muchos aspectos compartieron historias personales. Seguramente Porcinai siembra en un terreno fértil y receptivo, ya que su familia de origen era experta en floricultura y viveros; pero desde que en 1948 Gorian emigró a América del Sur, el estilo de nuestro padre se personalizó y se apartó cada vez más del de Porcinai, convirtiéndolo en su propio “estilo”.

Mientras Porcinai, cautivado por la escuela alemana de la jardinería, se ve influenciado en gran medida por la cultura clásica italiana (la más evidente y arraigada en él como “buen toscano”),  nuestro padre acentúa en cambio una tendencia a la naturalidad, al paisaje romántico. Él, al igual que su maestro principal, habla con fluidez el alemán y está siempre en contacto con el mundo en el que nació el paisajismo, está en la vanguardia, lee y se suscribe a las revistas del sector, como la alemana “Garten und Landschaft” (Jardín y Paisaje), una revista en la que a menudo escribe artículos y con la cual colabora con frecuencia. A partir de estos contactos no sólo recibe novedades, en un campo que entre otras cosas no produce frecuentes revoluciones, sino también inspiración para sus diseños: paisajes dulces, en el que las líneas rectas son corregidas y las abruptas suavizadas, dulcificadas, aprovechando, en la medida de lo posible, elementos ya existentes de forma natural. Se actualiza con frecuencia, introduce nuevos materiales, herramientas específicas de jardinería, revoluciona por ejemplo, a los trabajadores italianos al forzar el uso de una pala de perfil rectangular que mejor se presta a cavar hoyos para la colocación de las plantas.

Pero lo hace convencido de guiar una nave que  conoce bien, después de haber tenido en propiedad un  vivero en Uruguay y de haber crecido en un ambiente familiar donde el cultivo de las plantas era  fuente de sustento y supervivencia. Y gracias a su experiencia convence a los trabajadores que a veces “tragan amargo”, con lo que algunos lo aceptan y otros renuncian.

Pocas personas en Italia, en esos años, dominaban el conocimiento de un gran número y variedad de plantas: las que aplicaron las lecciones aprendidas de la lectura del libro sobre la técnica del color de Goethe, así como de un famoso pintor italiano, conocido en Uruguay, Lino Dinetto. Así combinaba las plantas en función de la compatibilidad de los colores de sus hojas o sus flores, creando manchas de color uniformes y mixtas (el amarillo con el azul, rojo, naranja y así sucesivamente). Con el pintor Dinetto, originario de Padua, nació una profunda amistad tan influyente que el hecho del regreso a Italia (Treviso) desde la aventura sudamericana,  se debió precisamente a Dinetto. De hecho, Dinetto regresó en 1960 a Italia, y eligió Treviso al haberla encontrada hermosa y “a su medida artística y humana”. Él alabó la belleza de esta ciudad a su amigo Gorian, que en 1961 fue persuadido para volver a Italia con a toda la familia.

Aquí re-encontró a Porcinai, ya famoso e influyente, con quien volvió a colaborar. Pero el hecho de la distancia, uno en la Toscana, y el otro en la región del Véneto, pero sobre todo el carácter de ambos, poco inclinado al diálogo a lo que hay que añadir una brecha de 13 años, (donde cada uno había crecido profesionalmente, pero por caminos diferentes), conducen inevitablemente a la separación, tanto para los negocios como para lo humano.
Así comenzó su vida profesional en Italia, con total autonomía, pero con una gran experiencia, fruto de su estancia en Uruguay, donde trabajó con muchos arquitectos célebres, como Oscar Niemeyer, brasileño, que murió a los 104 años en diciembre de 2012 (que diseñó el Centro Mondadori de Segrate, el Museo de Arte Niteroi y muchos parques de Brasilia), y Roberto Burle Marx, brasileño también, considerado una de las máximas figuras de América del Sur y autor de numerosas obras que han marcado la historia de la arquitectura del paisaje: los más importantes jardines de la nueva capital, Brasilia, así como un sinnúmero de los grandes espacios verdes de Río de Janeiro.

Se relaciona con varios viveros del Véneto y Friuli, también recibe encargos públicos entre ellos el más importante es permanente, con el municipio de Gorizia, su ciudad natal.

Acompañado de su inseparable cámara fotográfica Mamiya C3, una vez alcanzado el acuerdo con el cliente sobre cómo proceder, se dibuja el plano de la planta de la zona. A éste se sobreponen las imágenes tomadas en una secuencia bien adaptada a la obra, que luego pasaban a su tablero de dibujo, sobre el cual disponía una hoja de transparencias y comenzaba la parte más creativa de la obra: el diseño.

Al cliente también pedía la disponibilidad de planimetrías; o de lo contrario realizaba personalmente  el reconocimiento del área y de sus límites, situando todos los obstáculos u otros objetos, como arquetas, postes, zanjas, muros, etc. También se detectaban todas las plantas existentes, si las hubiera, que pudieran constituir un tema de debate. Famosa fue la aversión casi patológica hacia algunas plantas, en la que  destacaban los cedros y magnolias, por no mencionar en esta  “lista negra” algunas coníferas puestas en fila, como Tuias, Chamaecyparis, o tropicales coma las Palmeras, (en un entorno alpino),etc. Por lo tanto, si la situación lo permitía, procedía a eliminarlas, éstas no podían encontrar un espacio en su concepción del jardín naturalista. Se encendieron casi siempre las disputas y discusiones con el cliente para el cual, normalmente poco ducho en botánica y apreciación del paisaje, eliminar las plantas conocidas por él para sustituirlas por otras desconocidas era sumamente complicado.

Pero la capacidad de persuasión, reforzada por una gran competencia, habilidad y elocuencia, a menudo ganaba y, al final, Gorian convencía al cliente de  aceptar las soluciones propuestas por él. De hecho, recurría a su experiencia y su cultura específicas, para cuestionar la idea de que el cliente colocara un ejemplar en ese u otro rincón, donde seguramente no había suficiente agua,  luz del sol, o espacio, o armonizaba mal en ese entorno.

En resumen, pacientemente derrumbaba las opiniones de los demás. Pocas veces, digamos, salía derrotado. También porque ya sabía qué plantas tenía en lo que hoy podríamos llamar un “almacén virtual”:  recurrir a los viveros de Triveneto (Van den Borre, Curtolo, Viveros al Tagliamento, Porcellato, De Zottis, Benettazzo); él ya tenía el control total de la situación y sabía lo que iba a encontrar en los viveros. Pero, lo que le importaba a él, después de escuchar las preferencias del cliente, sin embargo, fue que no comprometiera la estructura arbórea que tenía en proyecto. Luego cedía un poco en la selección de arbustos, mientras que la elección de plantas perennes la dejaba preferentemente a la “patrona” más que al “patrón”. Lo que él consideraba “la guinda del pastel”. Pero el pastel tenía que ser hecho como él quería.

Gracias también a estos debates, el cliente se daba cuenta de que no podía recurrir más que a él para la supervisión de las obras durante las fases de plantación. Era el objetivo perseguido por el arquitecto Gorian (y no sólo por razones económicas sino también por la pasión que tenía por su trabajo. Pocas veces no conseguía  la asignación de los trabajos, entonces puntualmente renegaba de su paternidad). Un ejemplo bastante conocido es el del jardín del nuevo Palacio de Justicia de Treviso (años ochenta), de los cuales Gorian sólo tuvo la tarea de planificar, pero no para guiar la labor de plantación, que lo tuvo de  mal humor durante mucho tiempo. De hecho, hay plantas y plantas, incluso si se llaman de la misma manera. Un Roble es, sin duda, un Roble, pero ése Roble quedaba bien allí en ese rincón, y no el otro…

Era evidente a los ojos de Gorian la incapacidad de asimilar un proyecto por quien no lo había vivido y trabajado por dentro, como él lo había vivido y trabajado. No sólo por cuestiones técnicas, sino también por sensibilidad hacia el jardín: ¿cómo iba a tener la capacidad de sentir o interpretar un proyecto un viverista que tenía la única tarea de plantar árboles o arbustos sólo siguiendo las instrucciones establecidas en un proyecto?

A la realización…   Pág. 19.

No hay que olvidar que si el proyecto se presentaba al cliente en un plano sobre papel, para Gorian  ya era un sujeto que tenía un alma, un sujeto esperando un aliento que le diera la vida. Sólo él podía darle el aliento de la vida, otros no estaban tan involucrados emocionalmente como lo estaba Gorian, que era imposible para otros, que sólo él podía animarlo, sólo él podía hacer la gestión de sus proyectos.

Su enorme experiencia en la industria de los viveros  tranquilizaba a los clientes, que quedaban convencidos  de estar en buenas manos. Y, de hecho, pocos sabían cómo Gorian combinaba la calidad del suelo y las necesidades de las plantas empleadas, la exposición al sol o el potencial de crecimiento: todos estos conocimientos que quizás están en los libros, pero que Gorian había explorado, desmenuzado, experimentado y aplicado en las últimas décadas de su vida de trabajo activo.

Y llega la búsqueda casi obsesiva en los catálogos alemanes de variedades de plantas, para impresionar a los clientes, para diferenciar su oferta de la de cualquier otro profesional. Sus propuestas eran únicas, exclusivas, tanto así es que los viveristas que trabajaban en el aspecto comercial del jardín y el suministro de las plantas, se volvían locos para localizar las plantas que Gorian les indicaba con gran satisfacción, señalando con el dedo en el catálogo y subrayando con lápiz y tal vez remarcando con puntos de exclamación algún extraño arbusto que nunca habían cultivado antes en Italia. Estas selecciones no las hacía al azar: apoyado en su experiencia encargaba siempre variedades de plantas que se adaptaran al suelo y al clima del lugar donde estaba previsto hacer crecer a sus nuevas “criaturas”.

Finalmente llegaba el momento de la colocación de las plantas. ¡Este era el más temido por los trabajadores!… De hecho, para Gorian, cada nueva planta era un ser con su propia personalidad y por lo tanto, dotada con su propio carácter. Si para un trabajador cualquier posición para colocar la planta era buena, para Gorian esto significaba un proceso, un intercambio íntimo entre él y la planta, algo único: se alejaba, la calibraba,  reclinada la cabeza hacia un hombro, se acercaba, volvía a alejarse, volvía a observar, y si luego no estaba satisfecho, hasta la hacía sacar del agujero, la hacía realojar,  inclinándola o girándola, a veces asentándola de una manera muy diferente a como lo habían hecho al principio. A continuación, casi como un ritual, el saludo a la planta, tocándola con una especie de cariño, como una caricia en la mejilla. Pero no todo había terminado aquí: sacaba de su bolsillo sus tijeras de podar personales y empezaba a cortar ramas aquí y allá, instando a los trabajadores a continuar, siguiendo la pauta trazada por él a grandes rasgos. Luego afrontaba la labor con otra planta, y la escena se repetía con frecuencia, a veces no sin complicaciones.

De hecho no siempre Gorian estaba satisfecho inmediatamente, no tenía la inspiración justa;   Así los trabajadores observaban la escena de este profesional que, según ellos, no se decidía; entonces apoyaban sus manos en el mango de la pala, y luego descansaban el mentón sobre las manos, y el pie en la pala… pero súbitamente una tormenta los despertaba y sacudía y rápidamente se ponían las órdenes de este extraño profesional…  ahora la planta estaba lista para ser plantada. Podía también ocurrir que la planta no llegara a  la hora establecida, tanto por un simple malentendido con el proveedor, o debido a la elección de ciertos viveristas, de enviar una similar. En este último caso, el camino de vuelta al vivero era inevitable: Gorian no admitía ciertos errores, ni fue cómplice de la astucia de algunos viveristas. Que por cierto, siempre fueron bien recompensados ​​en términos económicos, ya que gracias al arquitecto podían vender ejemplares preciosos, de los cuales lograban buenos márgenes.

Para la realización de algunos trabajos, eran más de uno los proveedores que abastecían de plantas a Gorian, ya que no todos tenían de todo. En algunos viveros, Gorian encontraba los árboles diferentes, únicos, que tanto le gustaban: los torcidos, ondulados, con más copa, especiales y bien diferentes de los estándares que se encuentran hoy en día en los viveros; donde rige “la norma” de las plantas en todo similares entre sí, a menudo distorsionadas en su forma, un poco “como pollos en batería” en una granja: una idea muy lejana de las plantas, de acuerdo con Gorian, que pueden y deben encontrarse en un jardín romántico y naturaliforme de una casa.

Una vez Gorian fue requerido para realizar una consulta en el municipio de Cortina d’Ampezzo y cruzando el Passo Falzárego, el automóvil del municipio se detuvo en un mirador,  donde quiso la fatalidad  que hubiera una conífera solitaria en la ladera de la montaña. El empleado del municipio declaró: “¡Ese árbol hay que cortarlo, está todo torcido!”, al instante Gorian le replicó: “¡qué hermoso árbol!”

Anécdotas similares podríamos relatar muchas. Su punto de vista a menudo descolocaba a su interlocutor, como en el ejemplo anterior de la conífera; él tenía conceptos estéticos muy avanzados para su época. Grande fue su satisfacción cuando, en España (Parque Municipal de L ´Eliana-Valencia), se encontró con un árbol, parte de una plantación reciente del parque, que fue elegido debido a su forma y porte ciertamente atípicos y poco funcionales para la cultura de un vivero, pero muy espectacular observado desde un punto de vista arquitectónico. Por lo tanto, cuando recorría algún vivero en busca de ejemplares potencialmente útiles para su actividad, seleccionaba los elementos que marcaba con un lazo de cinta  (esto era una señal clara para el viverista: esta planta no se toca, es  de Gorian, sabiendo con certeza que tarde o temprano la iba a vender). Estos árboles o arbustos eran, para el conocimiento común, plantas para ser desechadas, pero de excelentes resultados para el arquitecto.

Dedicaba todo el tiempo necesario para la  dirección del  proyecto, no quería jugarse  su reputación. No permitía que una interpretación incorrecta o errónea de su proyecto pusiera en peligro su obra artística. Así que siempre que podía estaba presente, aprovechando al máximo cada actividad, incluso teniendo en cuenta el hecho de que el clima mandaba: el mal tiempo  significaba no poder cargar las plantas en el vivero, ralentizar el transporte, impedir la plantación, no poder sembrar el césped, no poder usar las máquinas agrícolas pesadas ​​que se hundirían en el barro, además del efecto negativo de compactar el suelo. Pero la presencia de Gorian significaba para el cliente la obtención de un resultado final de calidad. El haber sido el jefe del proyecto y la plantación, aseguraba a los clientes que durante unos años Gorian se presentaría periódicamente en ellos para ayudar y aconsejar y, si fuese necesario, indicar al viverista si había que reemplazar alguna planta muerta, lo que reducía los costos y aceleraba el tiempo de compensación.

En sus últimos años de su actividad  (hacia los ochenta años), se llevaba su pequeña silla plegable  (silla de director) y se sentaba para coordinar desde allí la siembra o la plantación. Algunas personas de su confianza  muchas veces lo recogían y luego lo retornaban a casa al final del día.

Algunos trabajos no pudo volver a supervisarlos, otros no los pudo concluir, dejando al cliente en la incertidumbre: en la noche del 9 de diciembre de 1995, la experiencia terrenal de Ferrante Gorian terminó.

Pero si pudiera volver a la tierra…

©® Traducido al español por Alberto Gorian.(Valencia-España)-julio de 2013.

Revisado y corregido por Prof. Vicen Cerveró.

Gorian descubre el URUGUAY

Todo comenzó en la década de 1930, marzo, cuando nuestro padre, el famoso patriota irredentista de Gorizia, caballero  Raimundo  (MUNDI para la familia y amigos) nos dejó a los cinco hijos (tres niñas y dos niños), después de una larga y dolorosa enfermedad. ¿Quién habría continuado el vivero, los invernaderos, la tienda de flores que habíamos heredado de nuestro abuelo Francesco? Debería ser el hijo varón mayor , el sucesor de la hacienda?- Igual que sus antecesores? ¿Cómo?

Al parecer, nunca me había interesado mucho en el esfuerzo constante, las privaciones, y sacrificios íntimamente ligados a la floricultora, arte  a la vez difícil y  hermoso. Tuve la suerte de estudiar (no tanto), jugar al fútbol, el esquí y el alpinismo (suficiente) y, como suele ocurrir cuando uno se encuentra sobre los 17-18 años, corriendo detrás de las chicas (mucho).

Hubo un consejo de familia, se decidió enviar al joven tan pronto como fuera posible a Florencia, al inicio del año escolar 1930-1931 durante al menos tres años para asistir a la escuela ya entonces famosa de Fruticultura en la Cascine, no para que profundizara latín y griego, como hasta ahora, pero especialmente en floricultura, horticultura y jardinería.

Debo admitir, sin embargo, que las nociones de lenguas clásicas aprendidas en la escuela primaria bajo el imperio austro-húngaro y a pesar de los  sistemas de estudios de aquella época, tuvieron la decisión innegable para mantenerme a flote con brillantez para superar los escollos de las inevitables nuevas enseñanzas científicas de la Escuela Cascine Florencia. Me da vergüenza declarar que normalmente quedaba siempre en primer lugar en todas las evaluaciones y todos los exámenes prácticos de la campaña,  huerta, invernadero y laboratorio. Esta clasificación, sin embargo, por último pero no menos importante, me permitio aprovechar conseguir algunas becas, dineros en efectivo de Gorizia, Instituto de Crédito para Venezia, que habían decidido apoyarme en mis estudios para mantenerme, con toda dignidad.

Sí, porque he guardado silencio hasta ahora sobre el problema significativo de los limitados medios de la época y dando por descontado que mi familia, nunca, nunca, habria podido mantenerme  estudiando hasta la fecha y durante tanto tiempo.

Terminado el capítulo Florencia, donde  tuve como profesor a  Alessandro Morettini, Pietro Porcinai, Turcos Antonio, E. Passavalli  y compañeros de estudios, como los diversos Breviglieri, Bonfiglioli, Bianchi Cesarino y otros, y docenas de otros grandes nombres, venian muchos  alumnos de  Liguria,  Toscana y Romaña, que luego de unos dos años, de vuelta a sus tierras, llegaron a ser profesores y directores en centros como el instituto Vocacional Agrícola. El sueldo era miserable, cuesta mucho, querida vida (ya en esa época …). Con cuatrocientos cincuenta liras al mes no es que se pueda hacer mucho y también  mi hermana mayor, una maestra de escuela primaria, dio casi todo su sueldo para ayudar a la continuidad del vivero, una hacienda precaria y tienda de flores, la actividad en déficit.

Entonces fui a África Oriental para ver incluso un poco “si realmente era el sol que nos habían prometido”. Yo era como todos los demás soldados repatriados al final de las operaciones en África y ya no se habló. En 1938 pasé un año en Pontine como sub-encargado, pero la vida del agricultor y la llanura no me gustaba para nada, de hecho yo estaba obsesionado profundamente con las montañas.

Siempre he buscado en mi vida, a las montañas, un poco porque es difícil de subir, me gusta salvar problemas, pero luego está la satisfacción, un poco “a medida que descubrimos nuevos horizontes” y luego más y más y nunca satisfecho. La llanura me molesta, me oscurece, me desmonta. En cuanto me vea aparecer, después de horas y horas de llanuras, colinas, montañas, bosques, valles, escarpadas, ríos de cristal de roca en roca, hierba, el olor a almizcle, resina, hongos, madera, me siento renacer y me fascina,me quedo como hipnotizado. Yo voy a empaparme de estas imágenes, pinturas, yo  disfruto, estudiándolos, me quedan grabados, impresionados en la memoria (con poco esfuerzo en realidad) y cuando lo recuerdo me invade la nostalgia. Bueno, sí, yo habría nacido en las montañas o en las llanuras, pero el hecho es que nadie es dueño de donde quiere nacer.

Recuerdo que cuando estaba avanzando en el Ogaden y se intuia  en el horizonte un pensamiento montañoso, oh!, por fin una montaña!. Pero era una ilusión: era una simple meseta, se llega subiendo en un paseo interminable. Una vez arriba, oh decepción!, toda la cadena de plano, pero de nuevo las montañas en el horizonte, muy lejos. Fuimos a verlo (con camiones militares, claro) usando el típico inevitable plano inclinado largo, pero no nos dabamos cuenta de lo que estaba pasando, sólo simplemente habian desaparecido.. Este sistema supera los mil metros de altitud a lo largo de cientos de kilómetros. con pendientes ridículas, insensible, hasta que llegamos la cima, del Harrarino, en el corazón del desierto, al caer la noche, muertos de cansancio. Todos al suelo, a dormir, sin poder ver las caras en  la oscuridad. Los rayos cálidos y brillantes del dia siguiente al despertar, abrí los ojos y vi un espectáculo inolvidable. Me quedé dormido sin haberlo notado, en el borde de un bosque (que nunca había visto antes, pero que tipo de bosque?)- Y eran árboles forrados de muchas flores rojas enormes como embudos, me alegró y le hizo cosquillas mi curiosidad, desde aquella carpa. Eran Hibiscus Sinensis rojos, los mismos árbustos que mi padre había cultivado con esmero en un invernadero, con el cuidado y diligencia, y era demasiado si hubieran llegado a medio metro de altura, en macetas.

No he sufrido barreras, cierres, los límites, las ejecuciones hipotecarias. Cuando fui a esquiar, las paredes de piedras que cortarban la calle más bonita, me daban mas  de una molestia. Nunca he sido capaz de permanecer inmóvil, fijo en un solo lugar. Yo era, y quizás aún lo soy, un alma perdida, un alma errante.

En 1947, yo estaba en Florencia, en Piazza del Carmine y trabajando en la compañía “The Garden”, se me presentó la oportunidad de conocer a algunas damas uruguayas a las que pregunté si allí, en su país, había la posibilidad de hacer algo. Una de ellas respondió: “Yo no prometo nada, sólo la promesa de un interés, para hacer las cosas que faltan por hacer, porque es un país joven, que necesita cerebros y nuevas fuerzas. Si vienes, trae tantas semillas de flores y arbustos, y luego ya veremos “, me dijo esto.

Pero se necesita dinero para comenzar, ya que no se puede emprender con la familia para ir a otro continente a doce mil kilómetros, lejos, sin dinero. Era una situación sin salida. Después de estar convencido y entregado a Florencia  con todas mis ilusiones, me acordé de que tenía un amigo en Italia, (Gorizia), un amigo de la infancia, quien sabe …. Cogí mi familia,  mis proyectos, los  llevé a Gorizia y se lo mostré a mi amigo que, sorprendido de mi petición, después de la comprensible preocupación de todo buen cristiano, me dijo que sí, que me prestaba las 500.000 liras (aproximadamente, de aquellos tiempos), para devolverselas apenas fuera posible.? – Pero… comentó ¿Y si el barco se fuera a pique?

En este punto intervino su esposa con esta observación: “Bueno, si el barco se hunde hasta el fondo significa que era el destino, tú y yo hemos perdido a un amigo, pero hemos hecho una obra de caridad cristiana. Cosas del Evangelio…

Nos fuimos a principios de junio de 1948, mi esposa y yo y el niño (Alberto) de cuatro años y medio, a un país desconocido, lleno de encanto y  lleno de esperanza.

En ese momento el Uruguay “era la Suiza de América del Sur, lleno de oro y el bienestar, donde el sol sale para todos y nadie se muere de hambre. Las oficinas de bancos y cambistas llenas de Krugerrands de oro, Águila Real Mexicana, Veinte Dólares de plata,Libras Esterlinas, Napoleones,etc.-  Plátanos, pan blanco, gasolina, como si lloviera del cielo, carne hasta por castigo.

 

(C)(R) Traducido del italiano por Alberto Gorian (Valencia sept.2012)

Gorian alla scoperta dell’Uruguay

Questo manoscritto è stato scritto da Ferrante Gorian prima della sua morte e racconta le vicissitudini della sua vita che lo hanno portato a trasferirsi in Uruguay nel 1948.

Tutto ebbe inizio in quel lontano 1930, mese di marzo, quando nostro padre, il noto patriota e irredentista goriziano cav. Raimondo (MUNDI per i famigliari e gli amici) ci lasciò tutti e cinque figli (tre femmine e due maschi) dopo lunga e sofferta malattia. Chi avrebbe preso in mano il vivaio, le serre, il negozio di fiori già ereditati da nostro nonno Francesco? Io sarei dovuto diventare, come maggiore dei maschi il continuatore dell’attività ortofloricola dei miei predecessori? E come? Apparentemente non m’ero mai interessato più di tanto alle aspre fatiche, ai disagi, ai sacrifici intimamente legati a quel brutto-bel mestiere di fioricultore. Badavo a studiare (non tanto), giocare al calcio, sciare e scalare montagne (abbastanza)e, come accade spesso quando si hanno 17-18 anni , a correre dietro alle ragazze (tanto).

Ci fu consiglio di famiglia in cui si decise di spedire il giovanotto al più presto a Firenze, all’inizio del nuovo anno scolastico 1930-31 per almeno un triennio a frequentare l’allora già famosa Scuola di Pomologia alle Cascine, perché si raffinasse non in latino e in greco, come fino allora, ma la floricoltura, l’orticoltura e il giardinaggio.

Devo riconoscere invece che le nozioni delle lingue classiche apprese nel ginnasio-liceo con austro-ungarici sistemi e precisione contribuirono con innegabile decisione a tenermi a galla brillantemente nel superare gli scogli inevitabili dei nuovi insegnamenti scientifici della Scuola Firenze Cascine.  Mi vergogno di dichiarare sommessamente che risultai sempre primo in tutti gli scrutini e in tutte le prove pratiche di campagna,  frutteto, orto, giardino, serre e di laboratorio. Tale classifica però, last but not least, mi permise di usufruire delle borse di studio che Municipio, Cassa di Risparmio di Gorizia, Istituto di Credito per le Venezie avevano deciso di istituire per mantenermi agli studi, se meritevole. Sì, perché ho taciuto finora sul non trascurabile problema che la ristrettezza dei mezzi in quei tempi e dipoi imperversava sulla mia famiglia e che i miei, mai e poi mai, avrebbero potuto mantenermi agli studi così lontano e per così tanto tempo.

Finito il capitolo Firenze, dove ebbi come insegnanti personaggi del calibro di Alessandro Morettini, P. Porcinai, Antonio Turchi, Tasselli, Passavalli e come condiscepoli i vari Breviglieri, Bonfiglioli, Cesarino Bianchi ed altri ed altre decine di grossi nomi tutti figli di vivaisti o fioricultori liguri, romagnoli e toscani, naturalmente, rientrai alla base riuscendo per un biennio a destreggiarmi come insegnante nelle Scuole professionali di tipo Agrario. Lo stipendio era misero, le spese tante, la vita cara (già in quella volta…).Con quattrocentocinquanta lire al mese non è che si potesse fare granchè ed anche mia sorella maggiore, insegnante elementare, dava quasi tutto il suo stipendio per tenere su la precaria baracca del vivaio e del negozio di fiori, attività in forte deficit.

Andai poi in Africa Orientale anche per vedere un po’ se c’era veramente quel sole che ci avevano promesso. Fui rimpatriato come tutti gli altri soldati per fine operazioni e di Africa non si parlò più. Nel 1938 passai un annetto in Agro Pontino come sottofattore , ma la vita dell’agricoltore e la pianura a me non piacevano, anzi ne ero ossessionato profondamente.

Ho sempre guardato in su nella mia vita, verso l’alto, verso le montagne, un po’ perché a salire si fa fatica,  a me piace far fatica, ma poi c’è la soddisfazione; un po’ perché si scoprono nuovi orizzonti e poi altri ed altri ancora e non si è mai sazi. Il piattume mi dà fastidio, mi incupisce, mi smonta. Appena vedo apparire, dopo ore e ore di pianura, colline, montagne, boschi, vallate, corsi d’acqua cristallina che salta di roccia in roccia, prati, profumo di muschio, resina, funghi, legname, mi sento rinascere e rimango come affascinato, ipnotizzato. Io questi quadri li vado a cercare, a scovare, me li godo, me li studio, me li imprimo nella memoria (con poco sforzo in verità) e quando me ne distacco per lungo tempo mi avvolge tanta nostalgia. Ecco, sì, io sarei dovuto nascere in montagna e non in pianura, ma il fatto è che nessuno è padrone di nascere dove vuole.

Ricordo che quando si avanzava nell’Ogaden e si profilava in fondo all’orizzonte un rilievo montuoso pensavo: oh, finalmente una montagna. Ma era un’illusione: era un altopiano, raggiungibile salendo una interminabile rampa. Arrivati su, delusione: tutto piatto, ma all’orizzonte nuova catena di montagne, lontanissima. Si andava su (con gli autocarri militari) per il solito immancabile lungo piano inclinato, ma non ci si accorgeva che si andava in su; si notava solo che le montagne non c’erano più. Con questo sistema si superavano anche mille metri di dislivello percorrendo però centinaia di km. con pendenze ridicole, insensibili, finchè non giungemmo a Giggiga, nell’harrarino, nel cuore di una certa notte, stanchi morti. Giù tutti a terra, senza poterci vedere in faccia per il buio pesto. I caldi e luminosi raggi dl sole delle sei ci svegliarono, io aprii gli occhi e vidi uno spettacolo  indimenticabile. Mi ero addormentato, senza essermene accorto, ai bordi di un bosco (chi ne aveva mai visti prima, di boschi?) e adesso innumerevoli enormi fiori rossi ad imbuto gioivano e solleticavano la mia curiosità facendomi capanna. Erano Hibiscus rossa sinensis, alberi di quelli stessi che mio padre aveva coltivato in serra faticosamente, con cura e diligenza ed era bravo se gli riusciva di farli raggiungere mezzo metro di altezza , in vaso.

Non ho mai sopportato le barriere, le chiusure, i limiti, le preclusioni. Quando andavo a sciare, i muretti di sassi che ti tagliavano la strada sul più bello, mi davano un gran fastidio. Non sono mai potuto rimanere fermo, fisso in un posto. Ero, e forse lo sono ancora,  un’anima in pena.

Nel 1947, ero a Firenze e lavoravo in P.zza del Carmine per conto della società “ Il giardino”, mi si presentò l’occasione di conoscere alcune signore uruguayane alle quali chiesi se laggiù, nel loro paese, c’era la possibilità di fare qualcosa. Una di esse mi rispose: “ Non le prometto nulla, le prometto solo d’interessarmi, per il da fare c’è da fare, perché è un paese giovane, che ha bisogno di cervelli e di forze nuove. Se verrà giù, si porti tante sementi di fiori e di arbusti e poi si vedrà”  Questo mi disse costei. Ma per partire ci vogliono soldi perché non si può imbarcarsi con famiglia per andare in un altro continente a dodicimila km. di distanza senza il becco di un quattrino. La situazione era senza uscita. Dopo essermi girato e rigirato per Firenze senza esito, mi ricordai che a Varese avevo un amico goriziano, amico d’infanzia, chissà che….Presi la mia faccia tosta, la portai a Varese e la mostrai al mio amico il quale, meraviglia delle meraviglie, dopo le comprensibili perplessità di ogni buon cristiano, mi disse di sì, che me le prestava le 500.000 lire (di quella volta) ma quando gliele avrei restituite? E se la nave andava a fondo?

A questo punto intervenne la moglie sua con questa uscita: “ beh, se la nave va a fondo vuol dire che era destino, tu ed io avremo perduto un amico, ma avremo compiuto un’opera di carità cristiana”. Roba da Vangelo.

Partimmo ai primi di giugno del 1948, mia moglie, io ed il bambino di quattro anni per un paese sconosciuto, pieno di fascino e noi pieni di speranza.

In quell’epoca l’ Uruguay era la Svizzera del Sud America, piena d’oro e di benessere, dove il sole si alzava per tutti e nessuno vi era mai morto di fame. Le vetrine delle banche e dei cambiavalute piene di monete krugerrand, aquile d’oro messicane, venti dollari usa, marenghi, luigi, sterline. Banane, pane bianco, benzina come se piovesse, carne fino alla nausea…

GORIAN “ENCUENTRA” EL URUGUAY.

Todo comenzó en la década de 1930, marzo, cuando nuestro padre, el famoso patriota irredentista de Gorizia, caballero  Raimundo  (MUNDI para la familia y amigos) nos dejó a los cinco hijos (tres niñas y dos niños), después de una larga y dolorosa enfermedad. ¿Quién habría continuado el vivero, los invernaderos, la tienda de flores que habíamos heredado de nuestro abuelo Francesco? Debería ser el hijo varón mayor , el sucesor de la hacienda?- Igual que sus antecesores? ¿Cómo?

Al parecer, nunca me había interesado mucho en el esfuerzo constante, las privaciones, y sacrificios íntimamente ligados a la floricultora, arte  a la vez difícil y  hermoso. Tuve la suerte de estudiar (no tanto), jugar al fútbol, el esquí y el alpinismo (suficiente) y, como suele ocurrir cuando uno se encuentra sobre los 17-18 años, corriendo detrás de las chicas (mucho).

Hubo un consejo de familia, se decidió enviar al joven tan pronto como fuera posible a Florencia, al inicio del año escolar 1930-1931 durante al menos tres años para asistir a la escuela ya entonces famosa de Fruticultura en la Cascine, no para que profundizara latín y griego, como hasta ahora, pero especialmente en floricultura, horticultura y jardinería.

Debo admitir, sin embargo, que las nociones de lenguas clásicas aprendidas en la escuela primaria bajo el imperio austro-húngaro y a pesar de los  sistemas de estudios de aquella época, tuve la decisión innegable para mantenerme a flote con brillantez para superar los escollos de las inevitables nuevas enseñanzas científicas de la Escuela Cascine Florencia. Me da vergüenza declarar que normalmente quedaba siempre en primer lugar en todas las evaluaciones y todos los exámenes prácticos de la campaña,  huerta, invernadero y laboratorio. Esta clasificación, sin embargo, por último pero no menos importante, me permitio aprovechar conseguir algunas becas, dineros en efectivo de Gorizia, Instituto de Crédito para Venezia, que habían decidido apoyarme en mis estudios para mantenerme, con toda dignidad.

Sí, porque he guardado silencio hasta ahora sobre el problema significativo de los limitados medios de la época y dando por descontado que mi familia, nunca, nunca, hubiera podido mantenerme  estudiando hasta la fecha y durante tanto tiempo.

Terminado el capítulo Florencia, donde  tuve como profesor a  Alessandro Morettini, Pietro Porcinai, Turcos Antonio, E. Passavalli  y compañeros de estudios, como los diversos Breviglieri, Bonfiglioli, Bianchi Cesarino y otros, y docenas de otros grandes nombres, venian muchos  alumnos de  Liguria,  Toscana y Romaña, que luego de unos dos años, de vuelta a sus tierras, llegaron a ser profesores y directores en centros como el instituto Vocacional Agrícola. El sueldo era miserable, cuesta mucho, querida vida (ya en esa época …). Con cuatrocientos cincuenta liras al mes no es que se puede hacer mucho; y también  mi hermana mayor, una maestra de escuela primaria, dio casi todo su sueldo para ayudar a la continuidad del vivero, una hacienda precaria y la tienda de flores, la actividad en déficit.

Entonces fui a África Oriental para ver incluso un poco “si realmente era el sol que nos habían prometido”. Yo era como todos los demás soldados, repatriados al final de las operaciones en África y ya no se habló. En 1938 pasé un año en Pontine como sub-encargado, pero la vida del agricultor y la llanura no me gustaba para nada, de hecho yo estaba obsesionado profundamente con las montañas.

Siempre he buscado en mi vida, a las montañas, un poco ‘porque es difícil de subir, me gusta salvar problemas, pero luego está la satisfacción, un poco “a medida que descubrimos nuevos horizontes” y luego más y más y nunca satisfecho. La llanura me molesta, me oscurece, me desmonta. En cuanto me veo aparecer, después de horas y horas de llanuras, colinas, montañas, bosques, valles, escarpadas, ríos de cristal de roca en roca, hierba, el olor a almizcle, resina, hongos, madera, me siento renacer y me fascina, me quedo como, hipnotizado. Yo voy a empaparme de estas imágenes, pinturas, yo  disfruto, estudiándolos, me quedan grabados, impresionados en la memoria (con poco esfuerzo en realidad) y cuando lo recuerdo me invde la nostalgia. Bueno, sí, yo habría nacido en las montañas o en las llanuras, pero el hecho es que nadie es dueño de donde quiere nacer.

Recuerdo que cuando estaba avanzando en el Ogaden y se intuia  en el horizonte un pensamiento montañoso, oh!, por fin una montaña!. Pero era una ilusión: era una simple meseta, se llega subiendo en un paseo interminable. Una vez arriba, oh decepción!, toda la cadena de plano, pero de nuevo las montañas en el horizonte, muy lejos. Fuimos a verlo (con camiones militares, claro) usando el típico inevitable plano inclinado largo, pero no nos dabamos cuenta de lo que estaba pasando, sólo simplemente habian desaparecido.. Este sistema supera los mil metros de altitud a lo largo de cientos de kilómetros. con pendientes ridículas, inapreciables, hasta que llegamos la cima del Harrarino, en el corazón del desierto, al caer la noche, muertos de cansancio. Todos al suelo, a dormir, sin poder ver las caras de la oscuridad. Los rayos cálidos y brillantes del dia siguiente al despertar, abrí los ojos y vi un espectáculo inolvidable. Me quedé dormido sin haberlo notado, en el borde de un bosque (que nunca había visto antes, pero que tipo de bosque?)- Y eran árboles forrados de muchas flores rojas enormes como embudos, me alegró y le hizo cosquillas mi curiosidad, desde aquella carpa. Eran Hibiscus Sinensis rojos, los mismos árbustos que mi padre había cultivado con esmero en un invernadero, con el cuidado y diligencia, y era demasiado si hubieran llegado a medio metro de altura, en macetas.

No he sufrido barreras, cierres, los límites, las ejecuciones hipotecarias. Cuando iba a esquiar, las paredes de piedras que le cortaban la calle más bonita, me dieron más  de una molestia. Nunca he sido capaz de permanecer inmóvil, fijo,  en un sólo lugar. Yo era, y quizás aún lo soy, un alma perdida, un alma errante.

En 1947, yo estaba en Florencia, en Piazza del Carmine y trabajando en la compañía “The Garden”, se me presentó la oportunidad de conocer a algunas damas uruguayas a las que pregunté si allí, en su país, había la posibilidad de hacer algo. Una de ellos respondió: “Yo no prometo nada, sólo la promesa de un interés, para hacer las cosas que faltan por hacer, porque es un país joven, que necesita cerebros y nuevas fuerzas. Si vienes, trae tantas semillas de flores y arbustos, y luego ya veremos “, me dijo esto.

Pero se necesita dinero para comenzar, ya que no se puede emprender un viaje con la familia para ir a otro continente a doce mil kilómetros, lejos, sin dinero. Era una situación sin salida. Después de estar convencido y entregado a Florencia  con todas mis ilusiones, me acordé de que tenía un amigo en Italia, (Gorizia), un amigo de la infancia, quien sabe …. Cogí mi familia,  mis proyectos, los  llevé a Gorizia y se lo mostré a mi amigo que, sorprendido de mi petición, después de la comprensible preocupación de todo buen cristiano, me dijo que sí, que me prestaba las 500.000 liras (aproximadamente, de aquellos tiempos), para devolverselas apenas fuera posible.? – Pero… comentó ¿Y si el barco se fuera a pique?

En este punto intervino su esposa con esta observación: “Bueno, si el barco se hunde hasta el fondo significa que era el destino, tú y yo hemos perdido a un amigo, pero hemos hecho una obra de caridad cristiana. Cosas del Evangelio…

Nos fuimos a principios de junio de 1948, mi esposa y yo y el niño (Alberto) de cuatro años y medio, a un país desconocido, lleno de encanto y  lleno de esperanza.

En ese momento el Uruguay “era la Suiza de América del Sur, lleno de oro y de bienestar, donde el sol sale para todos y nadie se muere de hambre. Las oficinas de bancos y cambistas llenas de Krugerrands de oro, Águila Real Mexicana, Veinte Dólares de plata,Libras Esterlinas, Napoleones,etc.-  Plátanos, pan blanco,  gasolina, como si lloviera delcielo, carne hasta por castigo.

(continuará)

(C)(R) Traducido del italiano por Alberto Gorian (Valencia sept.2012)